La estancia era cómoda y lujosa, con tapices de tonos escarlata y azul remarcados en oro que adornaban sus paredes y evitaban las corrientes de aire. Allí donde no había tapices colgaban cuadros con escenas de la vida regia y el cultivo de la vid.
El lecho de madera de nogal era la pieza central: un estrado donde celebrar los ritos de la concepción, el nacimiento y la muerte, espléndidamente tallado para tan diferentes propósitos. Las cortinas de brocado azul y escarlata, rígidas por el relieve de los bordados que recreaban las constelaciones del techo celestial, lo rodeaban casi por completo creando un ámbito privado con respecto al resto del aposento. La colcha que cubría la almohada y las rozagantes y blancas sábanas de lino era de fina seda azul oscuro, con estrellas de hilo de plata que representaban un cielo nocturno en el apogeo de Venus. El mismo dibujo se repetía en el dosel.
El fuego ardía sin humo en el hogar, sobre el cual, una doncella había puesto una tisana de vino con especias para que hirviera a fuego lento mientras las damas invitadas para asistir a la novia se ocupaban de desvestirla. Su dama de compañía le ofrecía una copa dorada de vino caliente. Ella acercó sus labios a la copa y tomó un sorbo mecánicamente. El sabor de la canela y del mosto tinto y caliente le impregnó la lengua. Él, tomó la copa y se la llevó a los labios por donde su amada había bebido. Luego, con delicadeza, pasó el brazo por su talle.
La cara de Liz se encendió tanto como la palma de la mano de Ricard que sentía arder en su espalda a través del camisón de fina seda... Una tras otra las damas de honor salieron de la estancia. Ricard se dirigió a los músicos, que aún seguían tañendo una suave melodía y los despidió con un puñado de monedas de plata como pago. Después de un breve silencio, y para tranquilizarse, Liz caminó hacia la chimenea, donde las damas habían dejado la jarra sobre la lumbre, y tras verter el resto del vino frío contenido de la copa en las llamas, volvió a llenarla.
Liz, medio hipnotizada, tenía la mirada fija en los llameantes jirones de fuego. El calor le quemaba el rostro, y al probar el vino sintió como si bebiera fuego. Sus ojos seguían clavados en los cuchillos de luz y en la oscuridad que se abría detrás.
Ricard la sujetó por los hombros mientras escrutaba su rostro, que ya no estaba pálido sino sonrojado por el calor del hogar. Inseguro sobre el siguiente paso que debía dar, la atrajo hacia sí y su cuerpo se estremeció junto al de ella, tomó su rostro entre las manos y la besó suavemente en los labios.
Liz era virgen, seguramente no se mostraría muy dispuesta a facilitarle las cosas si él se mostraba torpe… y además estaba muy inquieta. Pero la deseaba y, mezclado con el nerviosismo, sentía arder su sangre. Sabía que Liz era consciente de su deseo… algo imposible de ocultar cuando todo lo que llevaba puesto era una capa y, ella, un finísimo camisón de seda.
Besándola en la boca, intentó con disimulo alcanzar el lazo del camisón y sus manos encontraron su piel desnuda… Con un pequeño y sofocado grito, Liz cedió a las caricias y se apretó contra su cuerpo, impulsada por una necesidad tan apremiante como la de él, aunque de distinta naturaleza.
CONTINUARÁ…
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->



